
Para ella fue trágica la razón por la que retrasó su llegada el día del estreno de su película hacía finales de los años 20 (s.XX). La multitud curiosa observaba el despliegue de estrellas y celebridades. Era una apertura habitual de la ceremonia de Hollywood; los haces de luz surcaban la noche de California y las rosas caían desde el dirigible de Goodyear, que volaba en círculos sobre el teatro. Lew Cody, maestro de ceremonias, saludaba cordialmente a cada recién llegado, invitándoles a decir algo al «micrófono». Pero había algo más. Un vago aire de expectación, que daba color a la velada, era la emoción de esperar algo especial. A alguien. «¡La Garbo viene!» Los habituales de los estrenos recordaron juntos la última vez que ella apareció públicamente en una inauguración, antes de que la vida y el amor la obligaran a vivir como una ermitaña. Era una Greta joven y alegre por entonces, envuelta en una lujosa capa de armiño blanco con orquídeas en el hombro, que aparecía vibrante del brazo de su amante, John Gilbert. Pero la Greta que esperaban ya se había convertido en un enigma mundial. Cuando ya salía de su casa de Rockingham Drive, cuando ya estaba en su Rolls-Royce, adornada con su vestido de noche a la moda parisina, brocado dorado, y envuelta en una capa de armiño color oscuro, el chofer atropelló a un despavorido caniche. Greta se lanzó al asfalto para auxiliar al perrillo, lo envolvió en su abrigo, y exigió ir con urgencia al veterinario más próximo, Esperó allí hasta que supo su estado y se cercioró de que sobreviviría. Le recordaba a ella misma una noche tras su llegada de Suecia, un día en el que una persona muy querida le regaló un bello lapdog, cuando ella ya se sentía como arrollada por la vida.
Pero en Hollywood, tras descender del vehículo para acudir a la ceremonia, esto fue lo que trascendió: “Mira lo despeinada que va, y lo descuidado que tiene el cabello”. «Y su ropa parece que la hubieran arrojado a un charco. No tiene estilo». «Ya no es lo que era». «Ha envejecido.»