
…Tenía en brazos á un ser peludo y sucio…, al cual propiciaba caricias. «Hijo mío, hijo mío» … ¡Había que ver al can! Era una bola de lanas erizadas, pegoteadas de lodo, famélico, color de cieno… Se encogía medroso, mirando de reojo…
¡El animalito me hace compañía, como á usted el canario! ¡Sola yo en el mundo! ¡…Que se me ha muerto el hijo de mi alma, y ahora esto! ¡Quédese usted con sus riquezas, que yo me voy á pedir limosna, con este pobrecito, tan desgraciado como yo!
«Bueno, bueno, mujer…Acuéstese; mañana hablaremos. «
Como si el perro adivinase el rumbo de la conversación, meneó agradecido la cola. La mujer se levantó, tambaleándose. Con el perro apretado contra el pecho…
Sus manos temblorosas de alcohólica lo dejaron caer, y el plato se hizo tiestos en los baldosines. El can empezó á devorar con avidez la comida desparramada. Águeda le contemplaba, le animaba á saciarse.
«Come tú, mi tesoro… Llena, llena la tiripita… Cuánto tiempo hará que no.,.»
Sus ojos no veían sino una amoratada niebla, en que se movían confusamente sombras. La ventana estaba abierta. una ventana grande. El fresco atrajo á la beoda, por instinto. Allá abajo, la fetidez del patio de vecindad…
La mujer se inclinó, pesándole la cabeza hacia el abismo. Una silla baja, oportuna, dejada allí para poder tender ropa, facilitó la empresa. Ascendió, estrechó más al perro, y se dejó ir sin esfuerzo alguno.
El perro, ileso, ladrando lúgubremente, avisó á los vecinos.
(fragmento del original en prensa)