
Christina Malman, neoyorquina, fue determinante para la continuidad de la famosa revista The New Yorker. Sus ilustraciones, aparecidas en cubierta, le dieron a la publicación otra dimensión, menos conservadora, conectando directamente con la realidad vivida durante la II Guerra Mundial. Para acercar la revista a las tropas en el frente europeo, se realizaron tiradas con un formato reducido, denominadas ‘pony’, se contrataron periodistas y firmas, y a Malman, que entregó dos ilustraciones todavía míticas para la cubierta de la publicación; un carboncillo en 1940 con soldados sometiendo a civiles, que humillados miran al suelo, y una ilustración de 1945 que celebraba la dimensión humana de la victoria aliada, donde los civiles levantan los rostros y miran hacia el futuro, con esperanza.
