
Para aquella época, decir perro dócil era dar por sentado que cualquiera podría hacer con él lo que quisiera. Pero un falderillo dócil, sumado a una mujer, era una ecuación que daba por resultado un ‘siervo a sus pies’. Acudía a recibir una gimblette (una rosquilla), saltaba cuando ella lo indicaba, avanzaba hacia donde señalara y quedaba en permanente súplica y a su disposición. Daría un mundo y una vida por permanecer a su lado, a sus pies o en el halda, y saltaría al recibir cualquier atención, para este caso una chuchería en forma de anillo, como lo es la gimblette.
La siguiente gimblette, diáfana y sugerente, nació del pintor Jean-Honoré Fragonard hacia 1770. Aunque más explícita, y con varias versiones por parte del artista, sigue narrando lo mismo: tan apetecible es la gimblette como la joven retratada. Los críticos y catalogadores de la época, y aun ahora, realizaban la siguiente descripción: «Una joven, reclinada tranquilamente en una cama, levanta a un perrito con los pies y le ofrece una Gimblette».

