
«Una antigua dama, la marquesa Luisa Casati, otrora una de las reinas de la alta sociedad parisina, vive ahora en soledad en una gran y tranquila casa en Chelsea. ¿Dónde quedaron aquellos días en que, al recibir al embajador italiano, lo saludaba completamente desnuda, con una pluma de pavo real en la mano, y, con ese atuendo sencillo y encantador, conversaba sobre la filosofía dadaísta, las pinturas del Hermitage ruso y los poemas de Montesquiou? Aunque aún posee unos ingresos que, para cualquier otra persona, serían considerables, la marquesa ha tenido que reducir significativamente su estilo de vida, que, hay que decirlo, superaba todos los límites imaginables.»


Del retrato anterior parte el escultor ruso Paolo Troubetzkoy para realizar la escultura en bronce de Casati con levriero, de 1914, mostrada en Venecia en la exposición que transitaba su vida, La Divina Marchesa: Arte y vida de Luisa Casati desde la Belle Époque hasta los años locos, en 2014. Gran parte de la colección original, almacenada en Palais Rose de Le Vésinet, fue subastada por orden judicial en 1932.

En la litografía de 1906 La marquesa Luisa Casati, del italiano Alberto Martin, un falderillo la acompaña durante su paseo junto a las góndolas del canal; al fondo, y definiendo el tiempo del que casi nunca se es consciente, el campanario de la Basílica de San Giorgio Maggiore, en Venecia. Es después de 1910 cuando Caseti decide desestimar y desterrar a los cánidos, tanto a galgos, borzois como a falderillos, para sustituirlos por animales con cierto exotismo. Y es curioso y coincidente…, pero es a partir de la década siguiente cuando comienza su declive. Fue enterrada en Londres con el único adorno de su capa negra con estampado de leopardo y su querido perro de peluche a sus pies.