
A veces llevaban una flauta o clarinete, una gaita, un tambor, el violín o unos platillos, cascabeles y crótalos incluso; a veces vendían, entretenían o recibían amparo o comida. La mayor parte de su vida era el viaje, la intemperie. Cambiaban de paisaje, o de lugar con su perspectiva, y de la calle caminaban hacia el callejón.
Pero siempre iban acompañados de un avispado y mestizo perro pequeño –que comía poco–, pero avisaba de los extraños o malintencionados con la misma vehemencia que uno grande, y cuidaba del sueño y de la soledad.
Eran falderillos de la adversidad, o nómadas convencidos.
